La vida se puede contar de muchas maneras

Nací en Cádiz. Allí fui muy feliz.

Desde muy pequeño ya tuve claro que quería ser director de cine.

En el bachillerato tenía muy buenas notas, aunque no daba golpe.

Siempre fui muy arrogante, y escribía bien. Las profesoras se enamoraban de mi (una incluso lo confesó en plena clase).

No soy especialmente guapo, por eso.

Después comencé Derecho. Mi madre quería que me fuera a Madrid, para hacer periodismo, pero yo prefería quedarme en Cádiz. ¡Empezaba a pasármelo en grande!

Llegué a quinto curso sin dificultad. Trabajaba por las mañanas en una tienda de ropa de la marca Zara. Nunca iba a clase. Vivía solo, con dos chicos marroquíes, aunque uno de ellos decía siempre que era italiano (un caso extraño, porque su pasaporte es muy claro)

Cuando me contrataron, no contaron con que yo padecería un grave problema de oído, con el que llevaba años arrastrando y del que me avergonzaba poderosamente, porque me supuraba la oreja y el olor era muy desagradable. Poco antes de empezar a trabajar me operaron del oído izquierdo. Me afeitaron media cabeza, me abrieron, intervinieron dentro y cerraron, dejándome una cicatriz molt maca que aún conservo, escondida en el cabello.

Cuando aparecí el primer día por la tienda la encargada no supo qué decirme, porque la cicatriz era muy visible y llevaba un estilo de peinado a lo mohicano que allá en Cádiz era casi como decir terrorista. Los clientes se alejaban de mí. Me sentía un poco como el hombre del tiempo: siempre solo en un mundo virtual.

Con todo, trabajé tres meses. Cuando me despidieron, dejé la carrera de Derecho. Cádiz me producía xafugó mental. Quería viajar y conocer mundo. Lo típico.

Me fui a Madrid. Encontré trabajo relativamente rápido, con el único inconveniente de que era fuera de Madrid. Solo estuve una semana en la ciudad de caras amarillas.

El trabajo consistía en vender enciclopedias. El primer lugar de destino fue Canarias, primero Tenerife y después La Palma, llamada la isla bonita

Me asignaban una calle, me llevaban en coche y me dejaban allí bien temprano. Yo debía ir tienda por tienda y endosarles lo que pudiese. La consigna era crear buen rollo. Casi todos usábamos el recurso del "estudiante becario", esto es, "como no tengo pasta para pagarme la carrera estoy haciendo un servicio público a modo de compensación: por cada enciclopedia vendida me dan puntos, ahora tengo ciento cincuenta (por ejemplo) y me faltan trescientos". La gente nunca pensaba que fuera mentira, a pesar de que a veces era demasiado evidente: tenía una compañera que entraba a vender (y soltaba todo ese rollo) con las manos plenas de anillos de oro y toda ella emperifollada como una dama de Elche. El primer mes vendí más de un millón de pesetas, casi todo en enciclopedias de cocina y reproducciones imitando litografías de cuadros impresionistas. Creo que este fue mi primer contacto con el mercado del arte.

Dejé el trabajo dos meses más tarde, en Menorca, porque no daba dinero. Por aquel millón vendido me pagaron dieciocho mil pesetas. ¡Ridículo! Al invierno siguiente volví a Madrid. Allí estudié un curso ocupacional del Inem de Operador de cámara.  Me gustaba el detalle de que la escuela se encontrase en Vallecas, un barrio mítico de izquierdas. De todas formas, Madrid no me entraba... estructuralmente era una ciudad incompatible conmigo, ya no por la falta de horizonte geográfico sino, sobre todo, en muchos casos, por la falta de horizonte humano. Gente muy amarilla y muy sufriente, profundas y vericuetadas estaciones de metro, un tufo a resignación vital que me espantaba. Y salí al año siguiente con ganas de continuar viajando.

        Tras una parada estival en Mallorca para hacer pasta (como el año anterior hice en Menorca), de la que solo destaco que comencé a escribir mi primera novela (en un entorno ideal: en el descanso entre el turno de mañana y el de tarde, en un chiringuito junto a la playa), marché para Italia. Aunque había planificado un viaje mediterráneo, finalmente me moví poco, Florencia, apenas una semana en Roma y Florencia, siempre Florencia. Me obsesioné por un chico de allí y creo que padecí el mal de Stendhal.

        En Roma me ofrecieron un trabajo muy extraño. Una mujer, madre separada, estaba muy preocupada por su hijo adolescente. "No hace nada", me decía, "se pasa todo el día fumando porros y anda con malas compañías. Quería contratarme para que me atrajera a su hijo, nos hiciéramos amigos y le invitara a Canarias, a una casa que supuestamente sería mía (pagada en secreto por ella) y, una vez allí, alejado de Roma, le llevase por la buena vida. Claro, pensé, ¿qué es la buena vida para esta señora?, ¿qué clase de buena vida pueden llevar dos jóvenes en Canarias?. Cap. Evidentemente una parte de mí se emocionó. Aquello parecía un film de misterio, una pequeña historia con su pequeño rincón mórbido. Además, me pagaba bien. Pero, como ya dije antes, yo estaba obsesionado por un chico en Florencia, un chico arquitecto que me mostró la ciudad desde su vespa (debo reconocer que lo de arquitecto me impresionó al principio; luego descubrí que en Florencia tiras una piedra y salen mil, es como la profesión innata de la ciudad; allí hasta los carniceros están licenciados en arquitectura). Le recuerdo especialmente por dos aspectos, por su nariz, profundamente bonita y grande y por un comentario dicho así, como si tal cosa, desde su visión profesionalizada del arte: "las mujeres y el arte son incompatibles". 

        Por aquel entonces yo llevaba unas lentillas de color azul. Me las compré en Mallorca. Parecía otro y eso me fascinaba. De hecho, yo era otro, en el sentido de que todo yo se condicionaba. Más tarde me di cuenta de que actué en todo momento como el personaje de mi novela, que se llamaba Sergio. Sergio, aunque provenía de Usera, en Madrid, un barrio pobre y sin gracia (de hecho ésta era la gracia del barrio), se conducía por la vida con suma elegancia y serenidad. Así pues, me vi imitando aquello que yo había creado, esto es, imitando una idealización mía. Y lo que había sido únicamente una proyección ideal se plasmó en realidad.

En Florencia, un día, leía un libro en una placita en las inmediaciones de Santo Spirito, cuando un hombre de unos cincuenta años, gay, se me acercó y se interesó por mí. Me invitó a su fiesta de cumpleaños en su casa, una bonita villa italiana con el típico jardín lleno de estatuas grecorromanas. Y fui. La gente era muy distinguida, progre, esto es, de izquierdas pero muy burguesa, y formaban una cierta élite fiorentina entorno a algo muy chic que se suponía tenía aquel hombre gay. Hablé con una historiadora de la historia de España y con una lingüista de la lengua castellana. Con el gay hablé del bonito jardín y de cómo me gustaban las estatuas.

Me cansé del color azul de mis ojos y comencé a jugar. A veces solo me ponía una lentilla, y no siempre en el mismo ojo. Vi al hombre gay otra vez más. Cruzando el Arno, en medio del puente. El hombre me miró con extrañeza y se marchó de morros, mosqueado. Más tarde me dijeron que el tío iba criticándome, acusándome de falso, que todo yo era una mentira. Me dio igual, la verdad, puesto que en parte él tenía razón.

De Florencia tengo un recuerdo de mucho sufrimiento. Tuve la ocasión de hacer de modelo desnudo en una Academia del Borgo je ne sè quà. También trabajé de relaciones públicas de un bar que regía un colombiano horrible que quería ligarse a mi amiga de Bilbao diciéndole cosas como: "en Colombia monto desnudo yeguas salvajes".

Me dejé tocar una noche por un pavo muy majo simplemente para poder dormir bajo techo. Hacía tanto frío que yo iba de casa en casa corriendo. No tenía casa propia. No tuve nunca. Y estuve tres meses (Ahora, seis años después, tengo muchas ganas de volver)

De Florencia me fui a Barcelona, a la casa de un amigo que me cuidó y al que quiero mucho. En casa de otro amigo de Barcelona conocí a su compañero de piso, y me enamoré, con la suerte de que él también se enamoró de mí. El siguiente año no hice nada, solo el amor y trabajar en el Mcdonalds de Las Ramblas. Si trabajé finalmente unos doscientos cincuenta días, puedo asegurar que comí unas doscientos cincuenta bigmacs. Mi superstición era y es que he agotado mi cupo personal de bigmacs, por tanto, si me como otro, creo que explotaré. Nunca más he vuelto.

Hice un Grado Superior. Soy Técnico en Realización de Cine y Espectáculos. Estudié en la escuela Emav y sufrí a su director con su absurda manía de señalarme como antitécnico. Allí hice un reportaje ficción titulado "La Belleza", un corto de 4 min. titulado "El suicida,  ex, el amante y  desconocida", en homenaje a  Peter Greenaway y un cortometraje de 30 min. titulado "When no one is watching we are invisible", que fue elegido por el profesorado como el mejor trabajo de la historia de la escuela.

Además publiqué criticas de cine y espectáculos en una revista del Institut d'Educació durante un curso y medio.

Comencé Bellas Artes e hice dos vídeos más, un videocollage titulado "La caja-tiempo" (30 min.) y otro corto titulado "Mujeres que se pintan el bigote" (3 min.), del que me siento muy satisfecho. Desde mayo del 2004 colaboro con la revista Curator en la sección de cine.

Me interesa el arte únicamente porque es el espacio paradigmático, por excelencia, de la mentira, la ficción, una gran inmeeeeensa película. También porque es divertido.

No hay nada que me aburra más que el realismo social, el cine español y los avatares del star system hollywoodiense. No soporto las fotografías de Sebastiaô Salgado por muy impecables que sean. No me interesa lo exótico, ni el folclore ni lo racial. No me gusta Camarón. Me apasiona rodear de humor aquello que todos tomamos como "algo serio". Y ver hacerse realidad una idea rocambolesca, siempre y cuando no sea a través del protocolo habitual de representación.

Comentarios

he leido tus escritos y me han entretenido tanto, debes ser un artista muy interesante y especialmente creativo, no dejes de luchar por continuar en este mundo tan bonito y dificil como es "hacer de la imaginacion una historia"


he leido tus escritos y me han entretenido mucho, debes ser un artista muy interesante y especialmente creativo, no dejes de luchar por continuar en este mundo tan bonito y dificil como es "hacer de la imaginacion una historia"


bravo pablo,que bonito lo que escribes.
me emociona saber de tu enorme sensibilidad
un beso.sigue asi


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